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Recientemente, he dedicado tiempo a una lectura crítica y completa del libro “Cambio Social y Políticas Progresistas en la Globalización” del Profesor Sergio Moya Mena. Según Evo Morales, Moya expone cómo «los movimientos sociales, fundamentados en principios de reciprocidad y complementariedad, han iniciado procesos históricos irreversibles en la búsqueda de un mundo mejor». Este análisis profundo me llevó a considerar detenidamente los supuestos clave del discurso mariateguista y su relevancia en el contexto actual.

El libro aborda temas desde la presunta decadencia del modelo neoliberal de globalización, descrito como un «fracaso» rotundo, hasta la posibilidad de una América alternativa. Este ensayo busca fomentar un diálogo crítico sobre el primer punto, dejando de lado, por el momento, la viabilidad de un «altermundo».

Moya sostiene que la globalización neoliberal y el bienestar humano son inherentemente contrapuestos. Esta afirmación merece un análisis minucioso, especialmente considerando que las mejoras en nuestro nivel de vida se han logrado gracias al capitalismo y la innovación empresarial. La corriente neoliberal, más allá de ser una mera confabulación del «imperio», ha demostrado flexibilidad y adaptabilidad gracias a la naturaleza social de sus postulados, basados en el supuesto hobbesiano de que el ser humano es un animal racional, cuyas acciones son motivadas por incentivos.

La ideología neoliberal se divide en dos componentes: las ideas esenciales inmutables, como el libre comercio y la libertad individual, y las ideas accesorias, que son adaptaciones temporales de los principios fundamentales a la realidad contemporánea. Estas últimas, guardianas del modelo, son las que han permitido que el capitalismo evolucione hacia la globalización.

Moya describe la globalización como una ruptura con el capitalismo keynesiano, enfatizando la acumulación capitalista por encima de todo. Sin embargo, argumento que el enfoque capitalista actual prioriza el beneficio del consumidor más que la mera acumulación. La competencia en el mercado exige ofrecer el mejor producto o servicio posible, descartando la noción de que la acumulación es el fin último.

El profesor Moya también aborda la idea de una ciudadanía degradada, regida por un materialismo exacerbado. Reconozco que las fuerzas mercantilistas y la cultura del consumismo plantean desafíos significativos para la democracia y la justicia social. Sin embargo, existen tendencias globales, como las cooperativas en Centroamérica y Europa, y el uso expansivo de internet, que demuestran la capacidad del ser humano para autogestionarse y acceder a necesidades materiales de manera equitativa.

Según James Tobin, el avance tecnológico democratizará los mercados financieros, permitiendo transacciones bursátiles a través de dispositivos personales. Aunque hay desafíos, como la brecha tecnológica, programas como «One Computer Per Child» están trabajando para cerrarla.

En este mundo globalizado, las distorsiones son evidentes, pero representan oportunidades para el cambio. Los movimientos sociales juegan un papel crucial en este proceso, aunque su diversidad puede ser su punto débil. Es fundamental aglutinar estos movimientos para lograr un cambio efectivo, no necesariamente hacia un altermundo, sino hacia una reestructuración en el equilibrio de poder.

El pensamiento liberal es amplio y ha influido significativamente en la civilización occidental. Si bien reconoce sus límites, promueve valores tradicionales como la familia, el trabajo, la lealtad y el compromiso. Es importante entender que el conocimiento y la razón individual tienen limitaciones y no pueden resolver todos los problemas sociales.

Finalmente, discrepo de la tesis de Moya de que el modelo actual está agotado. Los movimientos sociales, aunque importantes, no deben ser vistos como la única solución. Es imperativo replantear a nivel mundial nuestros objetivos como seres humanos, entendiendo que los problemas de la globalización no se resuelven deteniéndola, sino adaptándose y evolucionando dentro de ella.